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Tras el primer día en Kuta que pasamos prácticamente durmiendo, en el segundo nuestra mente estaba en el relax y zanganeo final… pero nos quedaba pendiente una visita: Ulu Watu. Hemos desayunado tranquilamente en un lugar donde hemos encontrado, emocionados, sándwich de nutella, mientras Teresa monopolizaba, como taantas veces, las nuevas tecnologías. : ))

 

 

 

 

 

 

 

 

Yo, mientras, viajaba con Javier Reverte y su “Corazón de Ulises” por tierras griegas mientras esperaba el cambio de papeles y pensaba que quizás era un buen día para hacer una última escapada…

Tras todas nuestras actualizaciones cibernéticas del día salíamos hablando de coger una moto y hacer nuestra última escapada. Primero a la bonita y tranquila playa de Lembongan y después de comer ir a ver el atardecer a Ulu Watu. Así que no nos lo hemos pensado, y tras ver dos motos lamentables que nos hemos negado a llevarnos por miedo a tener que traerla a la espalda… o algo peor, hemos cogido la tercera, la mejor de las lamentables que hemos visto.

El camino a la playita paradisíaca de arena blanca que ponía la guía ha sido sencillo, así que hemos dejado la moto y a buscar una tumbona.

 

 

 

 

 

 

 

No podemos decir que hayamos tardado en encontrarla, así que en pocos minutos Teresa estaba dándose su baño de sol reglamentario y soportaba el intenso calor con un refresco mientras yo buscaba desesperado la sombra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Así, entre refrescos y tumbona hemos disfrutado de la playita antes de dar un paseo donde he lucido el “moreno camionero” que duramente me trabajo huyendo del sol, y gracias al cual no me he pelado… no como otras…ejem… 😉

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pero el verdadero objetivo de la escapada estaba por llegar, así que después de dar un bocado hemos arrancado nuestra “tartana” y no hemos tardado mucho en llegar al Templo Ulu Watu. Quedándonos sencillamente impresionados de las bellísimas vistas…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Además, como todo templo que se precie, los monos no podían faltar, así que había montones de ellos pululando por todos lados, buscando turistas que les dieran comida o intentando robar cualquier cosa que les llamara la atención como botellas de agua, gafas de sol o incluso pendientes… y hemos visto todos estos casos.

 

 

 

 

 

 

 

No hemos podido evitar las fotitos de rigor paseando de aquí para allá, disfrutando de todos los ángulos y de la sensación de inmensidad del mar con los acantilados a escasos metros de nosotros.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Al final nos hemos sentado respirando la brisa marina y hemos visto cómo el sol iba desapareciendo poco a poco y los colores del cielo iban cogiendo diferentes tonos amarillentos, una postal romántica preciosa en nuestra última escapada en Indonesia…

 

 

 

 

 

 

 

Pero como el día no acaba con el atardecer, había que poner un gran colofón a esta jornada. Y qué mejor colofón que una cenita… ¿a que no sabeis dónde?

¡Exacto!

En nuestro particular sushi de Kuta a precio ganga…

y si alguna vez queréis hacernos un buen regalo no dudéis en invertir en un criadero de pez-mantequilla para nosotros.

¡Os estaremos eternamente agradecidos!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Y mañana último día en Indonesia… esto se acaba.

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En nuestra última noche en Gili estábamos decididos a darlo todo en una noche loca con mojitos y música en directo en el bar Sama Sama, según nos comentaron el mejor bar de reggae de toda Indonesia. Llegamos al son de canciones de Bob Marley y nos pedimos unos mojitos…

 

Teresa incluso empezó a mover el esqueleto (si, si… mejorando incluso el baile de la baldosa). Todo era propicio como podéis ver en la foto…

… si no fuera porque dos canciones más tarde, el grupo se despidió, se acabó la música en directo y nos quedamos con las ganas…¡CON LO QUE PROMETIA LA NOCHE!

 

 

Total, que a dormir y unas horas después nos estábamos despidiendo de las Gili subiendo al barco por la arena de la playa y chopándonos casi hasta la cintura.

Sobre las 2 estábamos en Ubud. La primera impresión no pudo ser mejor, Teresa ya en la bemo (furgoneta-taxi), mostraba una inmensa sonrisa al ver tantas tiendecitas con cosas bonitas, desde preciosos vestidos a figuras de piedra o madera, además de pañuelos de mil colores… en fin, os lo podéis imaginar.

 

 

 

No nos costó nada encontrar alojamiento. Tuvimos suerte, pues enseguida dimos con una bonita y limpia habitación a un precio fantástico, así que tras dejar los trastos y darnos la ducha de rigor estábamos paseando por Ubud.

 

 

 

Además nos hemos encontrado la ciudad decorada y muy colorida con motivo de una importante celebración que tendrá lugar esta semana, según nos comentaron.

 

Ya en el corto paseo que dimos, pudimos maravillarnos con las típicas casas balinesas y con figuras mitológicas por todos lados decorando tantos las entradas como el propio patio interior.

Una delicia pasear por aquí.

 

Aparte de esto, el plan de hoy estaba claro: visitar  el Sagrado Santuario del Bosque de los Monos por un lado y acercarnos al Mercado de Ubud por otro. Así que nos hemos levantado sin prisas y, tras un buen desayuno, nos hemos ido andando hacia el bosque, que está muy cerca de nuestra habitación.

Ya en la entrada nos esperaban tres o cuatro monitos para darnos la bienvenida, lo que no esperábamos es ver tanta cantidad de monos después, ya una vez dentro, pululando por todos lados a su libre albedrío.

 

 

Bonitos son, no vamos a decir que no… pero lo que se dice muy de fiar… pues no, de fiar no. Los muy cabroncetes se las saben todas y hacen todo lo posible por obtener comida o coger lo que les llama la atención, así que mejor no llevar nada en las manos que les pueda interesar.

 

 

El pequeño bosque, que esta prácticamente dentro de la ciudad, es una preciosidad con árboles altísimos y frondosos y un entorno que te envuelve.

 

El tiempo allí pasa volando mirando a todos lados y paseando. Además hay un precioso templo en el centro y figuras con referencia a los macacos por todos lados.

 

 

 

 

El bosque tiene un aire a las películas de Indiana Jones o Tom Raider por las espectaculares higueras y el musgo en las figuras y los templos…

 

 

 

 

 

Como nota curiosa comentaros que, al ver a la gente dando bananas a los monos (hay gente vendiéndolas a los turistas), David se ha animado a participar del ritual turístico y, casi sin darse cuenta diez “monitos cabroncetes” le acosaban  insistentemente y con formas “poco amigables”, lo que ha hecho que, por reparo a esos “dientes asesinos” que mostraban, la donación ha sido rápida… total, que en un abrir y cerrar de ojos se ha quedado sin plátanos.

 

 

En resumidas cuentas, ha sido una mañana fantástica, y para rematar el día, después de comer y descansar un poco nos hemos acercado al Mercado, una locura de tiendecitas llena de tentaciones varias. Eso si, el primer precio que te dan por las cosas es desorbitado (para aquí, claro), y hay que regatear mucho muuuucho. Pero al final, se pueden sacar buenos precios por la gran competencia que hay entre los propios vendedores.

 

Nos hemos enamorado de Ubud. De sus casas, de sus pequeños templos por todas partes, de su ambiente relajado, de sus tiendecitas… mañana seguiremos descubriendo lo que la ciudad nos ofrece, ahora nos vamos a cenar.

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